Artabán, el cuarto Rey Mago

Uno de los momentos mágicos que Magela vivió en la isla fue la primera vez que entró en la fábrica de los juguetes. No la encontró al azar, pues no estaba a simple vista, pero cuando Artabán entendió que la niña estaba preparada le invitó a seguirle para que conociera cuál era la misión de los habitantes de isla de plástico.

El taller tiene la entrada bajo el puente y hay unas escaleras que se adentran en el depósito de un enorme petrolero. Tras un accidente, el barco se abrió derramando el petróleo que transportaba. Los equipos de salvamento consiguieron rescatar a los tripulantes, pero el barco se hundió y nadie hizo nada por tratar de reflotarlo. Pasaron los años y las corrientes subacuáticas tan potentes en esta zona del océano lo atrajeron haciéndolo encallar en la isla.

Lo primero que sorprende a Magela es lo iluminado que está el lugar porque, según la explicaron, habían embutido en el techo botellas de plástico con un líquido que propagaba la luz solar. Parecía que estaban en una verbena iluminada con luces multicolores. Hay departamentos con millones de trozos de plásticos que están separados por colores y composición de manera que aunque ese lugar pudiera parecer caótico, en realidad se respira cierto orden. También hay una enorme caldera que derrite el plástico y de la que extraen los bloques que transformarán en plastimalitos gracias a unos moldes.

–Tuvimos que situar la caldera aquí dentro porque sería peligrosa en el exterior –le aclara Artabán. –El humo de quemar plástico destruye la capa de ozono y es dañina si se respira pero aquí controlamos las emisiones y no hay peligro.

–Entonces… ¿esto es lo que hacéis? –Preguntó. –¿Convertir la basura en muñecos… raros…?

¡Ay Magela! Estos muñecos llevan un mensaje poderoso al mundo… –sonríe enigmático Artabán.

Magela pasea entre las cintas transportadoras acariciando los plastimalitos de colores. Hay especies super extrañas, moldeadas a partir de los dibujos que el abuelo Tomás anota durante sus observaciones y que luego ampliará ella misma con sus propios diseños.

–¿Y qué hacéis con ellos? En esta isla yo soy la única niña y ya estoy mayor para juguetitos –dice Magela.

Artabán se sienta en una banqueta, no sabe por dónde empezar su historia.

–¿Has oído alguna vez la leyenda del cuarto Rey Mago? –pregunta misterioso.

Ella niega con la cabeza.

–Es normal, nunca pasó a la historia –dice resignado. –Verás… Los Reyes Magos, que llegaron desde Oriente para ofrecer regalos al que llamaban El Mesías no fueron tres, sino cuatro, aunque el cuarto no llegó a Belén a tiempo.

–¿Se perdió siguiendo a la estrella? –pregunta la niña.

–De eso nada –responde contrariado –. Él es astrónomo y la estaba siguiendo correctamente, pero se entretuvo por el camino…

–¿Y entonces, qué pasó? –Magela está muy interesada y no quiere que Artabán se distraiga como hace habitualmente.

El cuarto Mago, había preparado como ofrenda para el recién nacido tres joyas preciosas –dice Artabán gesticulando. –Un diamante de la isla Meroe que neutralizaba los venenos, un trocito de jaspe de Chipre como amuleto de la oratoria y un rubí de las Sirtes para alejar las tinieblas que confunden al espíritu. Pero en vez de llevarlas a Belén, las empleó en ayudar a las personas que encontró a su paso y cuando quiso retomar su camino… ya era tarde.

–¡Qué pena! ¿Y tampoco conoció a los otros Magos? –pregunta Magela.

Artabán niega con la cabeza.

–¿Y cómo se llama ese cuarto Rey? –pregunta la niña con los ojos vidriosos.

–Artabán.

–Lo sabía, lo sabía… –Magela abraza al cuarto de los magos y el primero de la isla. –Entonces, todos estos muñecos son para…

Artabán asiente humilde y esboza una sonrisa.


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