Una de las tareas más complicadas después de juntar letras —con más o menos estilo, más o menos heridas— es publicarlas.
Y no.
Publicar no es la meta. Es el pistoletazo de salida.
Porque luego viene lo que nadie te explicó mientras te hablaban del “acto creativo”, ¡y es vender!
Decir que tu libro existe.
Sostenerlo.
Defenderlo.
Moverlo.
Escribir es un acto íntimo, delicioso y entregado.
Publicar es exponerte, dar charlas, ir a firmas y viajar. Suena bonito, pero es sacrificado.
Vender es social, incómodo y poco romántico (a veces)
Por mucho que durante años se haya repetido aquello de “yo no soy vendedora, yo soy escritora”, la realidad es menos poética y más concreta: si no te implicas en la difusión, tu libro se muere.
No importa si es bueno.
No importa si es honesto.
No importa si te ha costado años de vida.
Veamos, tu libro ya está en la calle (¿y ahora qué?)
Si consigues que tu libro vea la luz, empieza otra guerra.
Presentaciones. Entrevistas. Podcasts. Charlas. Ferias…
A eso lo llamamos promoción y bien llevada, puede ser la parte más interesante del proceso.
Porque ahí aparecen las lectoras. El contacto con tu gente y el feedback.
La sensación de que no escribías al vacío te va a llevar a la luna.
El canto de sirena de la autoedición
Aquí entra otra gran pregunta: autoedición o editorial.
Vamos a desmigarlo.
- La autoedición seduce y mucho porque promete rapidez, control y autonomía.
Parece una puerta abierta cuando otras se han cerrado. Los argumentos suelen ser siempre los mismos: publicas en un clic, decides todo y te quedas con más margen económico.
La teoría suena bien. La práctica es otra cosa. Porque en la autoedición no desaparece el trabajo.
Se multiplica y además lo haces sola.
Mi experiencia con la autoedición
Hace muchos años viví la experiencia de autoeditar. Cuando las plataformas eran pocas y la promesa enorme.
Subí mi primer libro.
Esperé y desesperé porque vendí cero cerote. Ni un solo ejemplar. Cero lectores. Cero impacto. Cero retorno. Una patadita al ego.
¿Era una mala novela?
Probablemente.
Tanto que la retiré.
Fue un aprendizaje costoso, pero aprendizaje al fin y al cabo.
Después llegaron otras vías.
Amazon funcionó mejor para algunos títulos y los indis nos pusimos de moda. Colaboré con más títulos en editoriales tradicionales, pequeñas y medianas. Y con el tiempo comprendí algo clave: el problema no era solo cómo publicaba, sino desde dónde.
La autoedición no es un atajo.
Es otro modelo de negocio.
Y exige mentalidad empresarial, tiempo, energía y una estrategia clara.
Lo que sí aporta una editorial tradicional
Trabajar con una editorial no garantiza ventas. Eso conviene decirlo alto y claro.
Pero aporta algo que no se compra fácil: criterio y acompañamiento.
Una editorial apuesta por tu manuscrito.
Corrige. Edita. Cuida el texto. Envía ejemplares a medios. Te empuja a moverte.
Te sitúa en un contexto. No lo hace todo.
Pero no estás sola.
Cuando publiqué mis cuentos con la editorial Cuento de luz, Aquí yace… o no con Anaya, De tumba en tumba con Almuzara y luego Manual de seducción para mujeres con el sello Arcopress, entendí mejor esa diferencia.
Autoedición vs editorial: es una decisión que tienes que meditar
La autoedición puede funcionar. Yo te animaría a intentarlo. A mucha gente le va bien. Sobre todo a quien ya tiene comunidad, visibilidad y capacidad de mover su obra.
Pero si no tienes eso, la autoedición puede convertirse en una trampa silenciosa: publicas rápido, sin embargo, nadie te lee. Y la frustración es doble, porque ya no tendrás a quién culpar.
La editorial, en cambio, pone filtros.
Y aunque duelan, esos filtros también protegen.
Te obligan a mejorar el texto, a sostenerlo y a defenderlo.
Si crees que tu obra es buena, ¡duro con ello!
Si sabes que has escrito algo con fondo, no te rindas al primer no.
Ni al segundo.
Ni al quinto.
Envía manuscritos. Investiga editoriales que encajen con tu voz. Activa tu red de contactos. Habla. Vete a ferias.
¡Muévete!
LinkedIn no es solo para ejecutivos. También es un lugar donde pasan cosas editoriales, aunque no lo parezca.
Y mientras tanto, escribe.
No dejes de escribir.
Da igual el camino que elijas. Autoedición o editorial grande o pequeña.
Nada se parece al día en que el cartero trae tu ejemplar con olor a tinta y pegamento.
Eso que antes solo existía en tu cabeza es un precioso libro real sobre tu mesa.
Dicen que escribir es una forma de psicoanálisis, sí, pero publicar es una forma de valentía.
Y vender tu libro no te hace menos autora.
Te hace responsable de lo que has creado.