La postal del cementerio de Huesca

“A mí no me gusta escuchar cuentos. Me aburre.”

Hace unos días leí una noticia que se ha hecho viral: Unas empleadas de Correos reciben una postal con una dirección cuanto menos sorprendente: el cementerio de Huesca.

Según leo, las tres carteras reales al leer el mensaje de la postal no dudan en ir al cementerio. Las señas eran precisas: el número de nicho, la manzana e incluso ponía que la tumba estaba junto al antiguo cementerio civil. Antes se pasaron por una floristería con la intención de comprar unas flores para Ruth (así se llama nuestra protagonista) la dueña se conmovió y les regaló un clavel. Llegaron al destino indicado,  protegieron la postal de la intemperie, la pegaron en la lápida, colocaron el clavel y se marcharon. Asunto cerrado. Alguno pensaréis que simplemente estaban cumpliendo con su obligación salvo por un pequeño detalle: el “encargo” lo estaban haciendo fuera de su jornada laboral.

Estoy viendo a mis tres carteras frente al nicho de Ruth, ¿sobrecogidas? Tal vez, ¿satisfechas? Seguro. Las veo discutiendo sobre si pegar la postal por el reverso o el anverso. La han mandado desde Suecia porque en los sellos se lee Sverige brev que en sueco significa Suecia carta, así que podemos imaginar una postal bucólica con montañas nevadas y casitas de madera (no puedo pintar Suecia de otra manera) Las mujeres se deciden por la letra antes que por la imagen y allí queda la postal pegada a un nicho del cementerio de Huesca.

Ya, pero este cuento no puede terminar así. No, no, no.

Lo bueno de perderse en un cementerio es que siempre hay ocasión para que mis “tumbaditos” me hablen desde sus libros mudos y ampliar mi biblioteca de epitafios sorprendentes. Lo malo de perderse en un cementerio es que llega un momento en el que te detienes frente al último nicho, de la última fila, de la última manzana y te das cuenta de que no has encontrado lo que has ido a buscar. En este tipo de situaciones siempre aconsejo pedir ayuda pero ¿a quién? Pues a un operario, a un enterrador, al que adecenta una tumba, en definitiva a cualquier persona viva (esto es importante) que pueda echarte una mano. Cualquier recurso es bueno para no rendirse.

Y así, como si de un ángel se tratase (sin alas y con un uniforme verde pistacho) apareció mi entusiasta samaritano. Redirigió mis coordenadas y por el camino fuimos charlando. Se notaba que disfrutaba con el revuelo que se había montado con la postal sueca y cuando al fin me situó frente a la última morada de Ruth suspiramos al unísono. Él porque recordaba el frío que hacía cuando metió el ataúd en el nicho, yo, porque al fin estaba leyendo el mensaje que había incitado a tantas personas a cumplir con lo que parecía una última voluntad.

“¡Hola! Eterna compañera de viaje. Hemos intentado brindar a tu salud y nos ha sido difícil. Ruth, allí donde andes, brindamos por tu cumple, espero que tú lo hagas en los nuestros”

En Internet he encontrado un pequeño obituario sobre ella: Había sesiones de cuentos para adultos en Zaragoza. Ruth, como el resto de amigas, venía siempre a las que yo organizaba. Ella llegaba temprano, cogía buen sitio. Al acabar se venía a tomar algo. Se ponía junto al narrador, a la narradora, muy cerca, no respetaba las distancias corporales, y decía: “A mí no me gusta escuchar cuentos. Me aburre.”

No te gusta escuchar cuentos, querida Ruth… lo que te gusta es crearlos.

Hoy yo también brindo por ti, por tus amigas y por esta cadena de personas generosas que han logrado entregarte tu postal de cumpleaños.

No se olvida lo que se muere, se muere lo que se olvida.

A la memoria de Ruth Orus

Una historia de amistad eterna que ha dado la vuelta al mundo

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