Jardines de carnaval. Relato

JARDINES DE CARNAVAL

Marta Sanmamed. Junio 2017

Los operarios la acaban de situar ceremoniosamente en el centro de la sala. Manuela sonríe y acaricia el tablero. Las abuelas siamesas montan su particular bulla. Aplauden igual que el día que trajeron la televisión de plasma, aunque ahora pareciera que hay mayor intensidad en su errático palmoteo.

Sofía se ha perfumado con jazmín y empuja mi silla hacia esta mesa tan redonda como una luna de parmesano.

Apoyo mis nudillos y hago un repique que suena a bulería. A ella estos arranques míos le hacen gracia. Los celadores hacen bromas mientras acercan las otras sillas. Los “refugiados” que todavía caminan, deciden cómo van a romper sus horas y algunos se marchan al paseo. Manuela se coloca a mi lado. El timbre del fin de clases se escucha desde el colegio vecino. Es como una sirena de toque de queda… pero esos niños privilegiados no saben de toques y menos de guerras. Así está bien. Sofía mira el carillón y taconea feliz abriendo las puertas. Es la hora de las visitas y algunos se suman a nuestro taller clandestino. Yo preferiría pintar mandalas pero este cose-que-te-cose también es entretenido.

Mariana me hace un mohín señalando el atuendo peculiar de Sofía. Ajusto mis lentes y veo lo bien que le sienta esa falda acampanada. Lleva el pelo recogido y unos pequeños aretes pero lo que más llama la atención son sus stilettos rojos y me sorprende la ausencia de sus habituales zuecos con agujeritos… Últimamente se le hinchan los tobillos. Agarro una hebra amarilla y aprieto el primer nudo de la jornada. MiJuan volverá en mayo. Eso prometió. Solo tenía que ir a Bruselas a recoger algunas cosas, firmar papeles y despedirse de “la francesita” de manera civilizada. Sería cosa de poco, pero yo supe que sería cosa de mucho porque mientras me contaba sus planes, se me iban mojando los ojos.

— ¡Ay! Mi niño, ¿quién te mandaba?

Desde que tejemos los jardines de Sofía ya no vemos la tele. Preferimos escuchar a Julia Otero y un trocito del programa que le precede. Manuela dice que hemos montado un filandón. Antes sacábamos las sillas a la calle, ahora nos hemos metido dentro, pero en esencia es el mismo patio de vecinos. Dicen que vestiremos la mesa con unas faldas de terciopelo. A Manuela le faltan tiras rojas y se levanta a azuzar a los encargados de la línea de corte. Yo aprovecho para preguntar a Roberto, que es el que lleva el calendario al día, cuánto queda para mayo.

A miJuan le gustará esta mesa. Le chiflan las cosas redondas y recicladas. Dicen que viene de un palacete de la calle Serrano que acaban de derribar. Cerrado por derribo como en la canción de Sabina. Es emprendedor, me refiero a miJuan (Sabina no, ese es pintor), en verdad, es economista circular pero el dice que suena pretencioso. Le ha costado años convencerme de que esta economía “en redondilla” es heredada porque ya la empecé a aplicar yo en los orígenes de mi fábrica, cuando caí en la cuenta de que el proceso lineal de extraer, producir y tirar no podía funcionar más. En mi época lo que se estropeaba, se arreglaba pero ahora hemos involucionado hacia el “usar y tirar” y así no vamos por buen camino. Si fabricásemos sabiendo que podemos reutilizar el producto final, ganaríamos todos, el cliente y el fabricante pero sobre todo, dejaríamos a la naturaleza descansar. Hace unos años le conté estas cosas a la Otero por la radio.

—Me trataron con mucho respeto—digo en voz alta, para que puedan oírme los demás—, hablé del reciclaje, que no podíamos continuar con nuestro consumo patológico, que hay que tener conciencia colaborativa…—Roberto asiente y le pide a su nieto que me preste atención— Me salió una entrevista del tirón, como en mis años mozos y ni se notó que se me había secado la lengua…—Aprovecho para pedirle a un celador que rellene mi vaso de agua—Sofía, le mandaste el audio al chico, ¿fuiste tú? y te dijo que le había gustado ¿verdad?

Sofía sonríe con ternura— ¡Estuviste fantástica! — y vuelve a girarse hacia la ventana. Sus mejillas están coloreadas y sus pestañas más negras que nunca. Parece preocupada. Lleva una semana con la lavadora estropeada. Será por eso. A mí me gustaba lavar mis camisones con jabón casero. Manuela reniega, dice que ya no se levanta a por más rojos y se pone a coser lo que le queda de verde.

—Las lavadoras no tendrían que ser de nadie. Bueno de la fábrica sí, pero no de las personas. Las lavadoras tendrían que alquilarse y con el pasar de los años se cambiarían por otras nuevas y así se aprovecharían las piezas — El nieto de Roberto añade— y tendríamos que hacer lo mismo con los lavavajillas, los frigoríficos y… — ¡Por supuesto! —Interrumpo animosa—, incluso hay marcas de coches que ya están en ello—. Manuela asiente y recuerda cuando se llevaron su lavadora y luego la encontró en un contenedor con la puerta reventada, como si la hubieran violado.
Una de las limpiadoras ha traído más bolsas del Refash-shop que nos encantan. Se cortan muy bien y el nudo queda firme. Las bolsas del súper también son resultonas. Sea como fuere, nuestra tarea es usar todo el plástico que llegue a la mesa sin distinción, aunque los reyes de nuestros jardines sean los disfraces de los colegios.

Nos gustan los carnavales escolares. Nos ilusionan los niños de colores que iluminan las calles y nos entretiene imaginar a la madre que hay detrás de cada traje. Hay vestidos hechos a la carrera, con dibujos recortados al galope y hay otros más elaborados, con pegatinas compradas ex profeso. Hay disfraces unidos con cinta fina de doble cara y otros grapados a lo loco. De repente me estoy acordando de la niña triste y suelto una retahíla de palabrotas. Últimamente me da por ahí. Tengo una selección gourmet de palabras malsonantes guardada en algún hueco entre las muelas y se me escapan como un salivazo. A Manuela le disgusta. A Sofía le hace gracia. Este año todos los niños iban disfrazados. Menos mal, por eso me he calmado. No puedo olvidar los ojillos apagados de esa pequeña. Nadie se había molestado en hacerle su vestido y se notaba que la maestra le había colocado una improvisada corona de papel antes de salir al pasacalle…

Los niños se apelotonan delante de nuestro porche porque les damos caramelos. A los niños no les importa rozar nuestras manos arrugadas. A esa pequeña con corona de papel, le regalé mi bolsa entera. Aunque cien caramelos no borren vergüenzas.

—Si quieres descubrir ¿a qué sabe la luna?, tienes que ir escalando de hombro en hombro. Vas del elefante a la jirafa, de la jirafa a la cebra y así hasta llegar a la luna… —Eso me contaba el niño que iba disfrazado de cielo, como si en su pequeño cuerpecito pudiera contenerse el mar de nubes que cubría Madrid.

Es curioso que ahora se usen bolsas de basura para carnaval. Más de usar y tirar no puede ser el asunto. Democrático. Barato. Sucio.

A Roberto se le han vuelto a escurrir las tijeras. Dice que es un trasto viejo, un zarrio. Sofía sonríe. En la naturaleza no hay trastos, no hay basura, no hay desechos. En la naturaleza todo tiene su uso y todo se reutiliza. La rueda de la vida.

Trato de desabrocharme la chaqueta con la que me han vestido, pero los botones se resisten. Manuela aparta mis dedos con delicadeza. Me abanico con una postal del Manneken Pis y me dejo hacer.

—Me gustaría que fuéramos a casa a recoger nuestra ropa— le digo a Manuela —, estas cosas son demasiado abrigadas y además, tenemos que ir a dar una vuelta. Las casas que no se ventilan, se acaban ahogando — Afirmo acariciando el tablero de castaño —. Teníamos una mesa parecida en el salón blanco, ¿te acuerdas? Sobre ella firmamos la última empresa del chico ¡Qué ocurrencia!, pantalones vaqueros de alquiler. Imaginación no le falta. Es un anti fast-fashion. Yo pensé que a la gente no le gustaría vestirse de prestado y mira si me equivoqué porque le está yendo de perlas… —Agarro una hebra amarilla y la paso con cuidado por uno de los huecos de la malla —Siete mil litros de agua por cada vaquero y nueve kilos de ropa usamos cada persona al año. Son cifras que no se olvidan. ¡Una exageración! Y para colmo, la mitad de nuestra ropa se apolilla en los armarios…

—Vintage se escribe con uve de viento—canturrea Manuela.

En la radio dicen que la temperatura global del planeta ha subido más de un grado, que liberamos el calor de cuatro bombas atómicas cada segundo, que los polos se derriten y el nivel del mar ha subido diecisiete centímetros en cien años. Nueva York, Valencia y no sé cuántas ciudades más, desaparecerán bajo el agua.

—Juraría que Roberto me acaba de guiñar el un ojo—le susurro a Sofía.

Cuando Sofía ocupó el puesto de la antigua profesora, era una jovencita recién salida de la facultad. Le temblaban los pinceles y a mí me parecía la chiquilla más vulnerable del mundo. Supongo que por eso le amadriné al instante. Ella me enseñaba sus primeros bocetos y yo las fotos de miJuan. Quién diría que aquella florecilla se iba a convertir en la “artista upcycling” que es ahora. Así le llaman en el impredecible mercado del arte donde unos emergen y otros se sumergen. Quién diría que lo que empezó como una necesidad de trabajar con los materiales a su alcance, iba a ser un acierto. A menudo viaja para acudir a sus exposiciones pero siempre regresa aquí. Ella asegura que estar mucho tiempo lejos de la casa de los refugiados, es robarle inspiración a la vida.

—Te preferiría a ti de nuera—Sofía se sonroja y acaricia su vientre.

Ella no sabe que un día les descubrí tonteando bajo el olivo. Y se reían. Ella no sabe que con sus abrazos recupero algunos archivos de mi memoria y soy capaz de recordar que en mayo nacerá mi nieto. Pinceladas de ilusión que se desvanecen ante cualquier simpleza. Las mellizas se han puesto a regañar por la misma hebra de plástico… y me distraigo. Y el troyano vuelve a agujerear mi cerebro. Y necesito que alguien me reinicie.

—Esto que hacemos es como rezar un Rosario—afirma Manuela—, nudo a nudo se rompen las horas. Si hiciéramos una oración por cada nudo, ya tendríamos el cielo ganado.

—Pues tendríamos que haber empezado desde el primer jardín, porque llevamos unos cuantos nudos perdidos—respondo.

Sofía abre la ventana y deja entrar un aire húmedo. La falda se pega contra su cuerpo y dibuja sus esbeltas piernas. Es una mujer atractiva, aunque parece que últimamente está ganando peso. Quiero girarme y contarle a Manuela esta observación mía, pero las abuelas siamesas tosen y protestan. Me distraigo de nuevo. Roberto inspira y dice que huele a musgo del norte. Suena el teléfono en el dispensario y alguien opina que las faldillas de la mesa tendrían que ser de algodón porque el terciopelo sale caro.

—Nosotros, en la fábrica, fuimos los primeros en hilar con algodón orgánico y luego empezamos a reciclarlo. Nos lo traían de Holanda. Su “basura” deshilachada era nuestro oro—le digo al nieto de Roberto.

—Tu basura es mi arte—dice Sofía plegando una bolsa.

Anochece y las visitas se van yendo, pero los de la mesa redonda no tenemos prisa. Las mellizas de Mariana se aplican a última hora porque este jardín se colgará temporalmente en su colegio antes de viajar a Berlín y quieren lucirse. A veces, cuando su abuela no vigila, las crías se hacen selfies con su trocito de jardín. Así firman su parte.

—Los móviles no tendrían que ser de nadie. Tendrían que alquilarse, como los teléfonos que te ponían antes en las casas—me giro hacia a Manuela—. ¿Te acuerdas del de baquelita negra del despacho?

Manuela canta—Baquelita se escribe con be de baile.

Roberto arranca una estrellita plateada y la aprieta contra la frente del nieto pero no pega. A lo mejor si la chupara… En la cocina ya se escucha el trastear de platos. Huele a puré de verduras. Las zanahorias de nuestro huerto no son como las de los anuncios. Las que nos crecen aquí son amorfas y peludas, pero están sabrosas. Sofía consulta su móvil, suspira y se calza los zuecos de agujeritos. Los stilettos rojos los coloca bajo el perchero. Detenida. En ese instante la tarde recupera la misma cotidianeidad de las otras trescientas sesenta y cinco tardes del año.

Un papel arrugado cae sobre la mesa. A veces pasa… La gente nos entrega una pelota de bolsas y se olvidan de tirar los tickets de sus compras. Cuando encontramos un resguardo se lo pasamos automáticamente a Roberto. Le chiflan los que tienen los artículos bien detallados y los guarda. Es un coleccionista de gastos ajenos.

Suena un claxon en la calle y las mellizas dan un beso fugaz a su abuela. En la radio dicen que el noventa y cinco por ciento de los coches están parados la mayor parte del tiempo. Los coches no deberían ser de nadie. Sería mejor usarlos cuando los necesitemos y luego dejar que los coja otro. Con gestos pequeños, el mundo puede cambiar a mejor. Las mellizas se abrochan los abrigos y desaparecen agitando sus manos en el aire. A Manuela un beso fugaz como el de esas niñas, le haría bien. Me acerco a ella y le susurro—te quiero.

Mariana recoge su labor pero siempre se queda algún plástico enganchado a la falda. Ella dice que nació con exceso de estática pero lo que tiene es exceso de durabilidad porque es la más longeva. Como si a ella le faltara el gen de la obsolescencia. Gasta mucha energía, por eso le guardamos las galletas de la merienda. Se despierta hambrienta y no aguanta hasta el desayuno.

Somos austeros en esta casa, pero no pasamos hambre. Aquí comemos solo lo que vamos a consumir. Aquí consumimos solo lo que necesitamos y lo que necesitamos no viene de países lejanos. Aquí necesitamos cada vez menos. Aquí compartimos lo que tenemos, no lo que nos sobra.

Sofía sujeta las piezas del jardín en la pared y se aleja unos pasos. Medita. Es un momento grato de la tarde. También lo es para nosotros. Roberto ha echado cuentas y dice que hoy hemos retirado cincuenta metros de plástico de los océanos. Las hebras, al tener varios tamaños, parecen hojarasca llena de vida y se agitan con la brisa de las ventanas. Los tonos son vivaces y desde lejos nadie diría que se trata de unas cuantas bolsas entrelazadas. Jardín Bruselas quiere llamarlo. Como si no quisiera olvidar su último viaje. Le dije que miJuan le haría de Cicerone porque es un buscador de los pequeños tesoros escondidos de las ciudades.

Nunca pregunté si se habían encontrado…

La sala de manualidades se va quedando vacía. Casi todos los refugiados esperan en el comedor mirando hipnóticamente sus platos de igual manera que las mellizas miran sus móviles. Bajo el jardín de la pared siguen aparcados los stilettos rojos. Detenidos. Conteniendo pasos que no se han dado. Zapatos sin dueño. Sofía dice que se los puso en Bruselas y la hicieron rozadura pero son los favoritos de él y claro…

—These shoes are a punishment from the Middle Ages—Manuela me regaña y dice que deje de hablar en mi inglés raro. Está perdiendo oído.

El nieto de Roberto desenchufa su portátil. Me gustaría que ese cable estuviera enganchado a la energía del viento. Este año está viniendo casi todas las tardes. Dice que prefiere nuestro silencio al de la Biblioteca. A veces le gritan desde la calle. Su abuelo le anima a que se vaya con sus colegas. Pero el muchacho y yo sabemos que los de ahí afuera… no son sus colegas. Los amigos no hacen lo que hacen esos. MiJuan es un experto reparador de corazones dañados. Se lo presentaré y nos sentaremos aquí a charlar. Cuando se tiene que hablar de dolor, no se puede hacer alrededor de una mesa con esquinas.

No me acuerdo mucho del último día que pasé en la fábrica. Sé que me homenajearon en una fiesta de despedida y que ya estaba Manuela en mi vida porque anudó los cordones de mis Oxford. Acabamos cenando en Cándido y nos hicimos unas fotos. Mi nuera estaba exultante y mira que es sosita la pobre… Hacía mucho frío y aunque iba colgada de un brazo me resbalé y me empapé de nieve sucia. “La francesita” aprovechó para recriminar mi abrigo de sangre. No sé si el asco que sentí fue por mi jubilación, por las pieles que olían a naftalina o por lo culpable que me había hecho sentir mi nuera. Se me removieron las tripas. No tenía que haber aceptado el orujo de hierbas. Vomité nada más llegar a casa.

—Esas fotos de la fiesta, ¿dónde estarán? Cuando vayamos a por la ropa, las buscamos… Creo que las metimos en el secreter del salón blanco—Manuela asiente con tristeza. Ella sabe que ya no hay fotos, ni secreteres y que lo único que queda de nuestra casa es esta mesa redonda de castaño que nos han traído hoy.

El que esteriliza a los gatos, está aparcando su moto. El verano pasado arrancó las baldosas para instalar el huerto. A la directora le atrae ese hombre tosco. Solo sale del despacho cuando él ronda por la casa haciendo los mantenimientos. Si pudiera, se encaramaría a unos tacones como los de Sofía pero tiene juanetes y poco arte para eso. Es una mujer peculiar, distante y buena gestora pero no le interesa la vida de los que llevan batas o los que usamos pañales. El que manda siempre está solo. Esa es la frase que más le he repetido a mi chico. Me costó dejarle las riendas de la fábrica pero así debía ser. Ahora todo está bien.

A la directora le disgusta que nos llamemos “los refugiados”, pero es lo que ponía en el membrete de aquella postal tan graciosa que envió miJuan: “Casa de los refugiados climáticos de Madrid”.

El yogurt me da acidez pero a Manuela no le protesto. Hay noches que ponen flan pero se conoce que hoy no toca. Los ascensores nos van subiendo por turnos. Los que todavía caminan, como Roberto, se marchan cuando les da la gana a la cama o se quedan en el cuarto de estar hasta las once. A mí me tienen que hacer curas nocturnas, de las que no me gusta hablar, por eso me recogen de las primeras. Manuela me lee pedacitos de novelas y así me distraigo de las miserias del cuerpo. Nos han cambiado a la habitación de los dos balcones. Al principio nos pusieron en una ratonera al lado de las escaleras y era incómoda. Ahora todo está bien.

—Quiero que me entierren bajo el olivo que da sombra a las tomateras—le confieso bajito, como si fuera un secreto.

—Así sea—afirma Manuela suspirando.

—¿Cuánto queda para mayo?—pregunto con la boca torpe por los efectos de la pastilla del sueño.

—Mayo se escribe con eme de amor— Canta mientras estira el embozo de mi sábana.

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